Un domingo, cuando comulgué me arrodillé
en el banco y a mi lado estaba N., una niña de 8 años. Ella también estaba
arrodillada, a pesar de no haber hecho aún su Primera Comunión. Nada más
recogerme en mi acción de gracias, Jesús me dijo:
Jesús
|
Háblale (a la niña).
|
Alma
|
No, Jesús; este es nuestro momento de
intimidad.
|
Jesús
|
Háblale.
|
Alma
|
(rodeando con mi brazo a N.)
¿Sabes a Quién tengo en mi corazón?
|
Niña
|
No.
|
Alma
|
¡A Jesús! ¡A Jesús! ¿Quieres que le
diga algo de tu parte?
|
Niña
|
¡Sí!
|
Alma
|
¿Qué Le digo?
|
Niña
|
(Mirando mi corazón). Jesús, te
quiero mucho.
|
Alma
|
Verás, Jesús está dentro de mí, Él
está realmente presente dentro de mí y yo le estoy prestando mi oído y por
eso Él acaba de escuchar lo que tú Le has dicho. También le estoy prestando
mis ojos y Él te está mirando. Le estoy prestando mis labios y Él te está
besando.
|
Niña
|
Entonces, ¿Jesús está ahora en las
dos?
|
Alma
|
Sí y no. Jesús está en ti de una
manera, pero en mí está realmente presente. Por eso, yo ahora puedo prestarle
mi brazo para que Él te abrace (y en ese momento la abracé). ¿Ves? En
esto consiste comulgar: podemos llevar a Jesús a todos los demás.
|
Después de esta conversación me recogí en
oración y la niña se quedó arrodillada junto mí, hasta que terminó el tiempo de
acción de gracias.
Una semana después, nada más acabar la
Santa Misa, vino a buscarme y me dio un gran abrazo. Yo le dije:
Alma
|
¿Sabes Quién te ha abrazado?
|
Niña
|
Sí, Dios por medio de ti.
|
Y nos dimos otro abrazo en Jesús.
Gracias, Señor porque me haces testigo de
Tu gran Amor.


