
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lc 23, 46)
Mi espíritu triste y agitado, oscuro y dolorido, agonizante, ¿puede estar en mejores manos que en las Tuyas, Padre mío?
¿Cuántas veces en mi vida me he olvidado de Tu Amor? ¿Cuántas veces vivo como si yo no Te importara o como si Tú no me amaras?
En Tus Manos, mi querido Papá, encomiendo todo lo mío. Tu Amor por mí es eterno, puesto a prueba, siempre vivo, con Tu mirada siempre sobre mí, que soy objeto de Tu Amor.
Padre, en esos momento en los que me encuentro tan sola y desvalida, tan llena de problemas y preocupaciones, cansada de las fatigas de la vida y, al mismo tiempo, vacía, como si algo fundamental me faltara, de lo profundo a Ti clamo mi Padre y Señor porque sé que Tú me librarás de todo lo que me aparta de Tu Amor, para que yo me dé cuenta de que Tú siempre me tuviste cogida en Tus amorosas Manos, bien cerca de Tu Corazón.



