
Había una vez una persona que tenía un trozo de terreno vacío. Un día, vino el Sembrador y le dijo: “tienes un trozo de tierra sin labrar; tú eres un buen cristiano, te conozco y sé que tienes mucho amor, paciencia y constancia. Por eso te pido que seas catequista. Toma, te doy estas semillas que son muy especiales. Confío mucho en ti. Tienes que plantarlas y regarlas cada día. Si eres constante y no te desanimas, en su momento, verás el resultado de tus esfuerzos.” El catequista, al principio pensó: “¿cómo voy a ocuparme de plantar estas semillas y cuidarlas? Ha dicho que hay que regarlas todos los días y yo ¿de dónde voy a sacar el tiempo? ¡Con lo ocupado que estoy!”
Por otra parte, estaba muy contento por el regalo y la confianza del sembrador, así que sin pensarlo más, fue a su terruño y plantó las semillas. Aquel mismo día las regó. Al día siguiente, volvió con ilusión a regar las semillas, no esperaba ver ninguna planta, claro, pero como eran unas semillas especiales…, quizá… ya había crecido algo. Pero, no, la tierra estaba igual que el día anterior.
Durante una semana las regó todos los días con ilusión y amor, pero la simiente seguía sin germinar. El catequista no se desanimó y siguió regando con ilusión. Pasaron seis meses de riegos diarios, y la semilla no germinaba, pero aquel catequista no se desanimaba y seguía regando con amor y constancia la simiente.
Dos años después, tuvo algunos momentos de duda: “estoy regando todos los días y aquí no brota nada. ¿Le pasará algo a estas semillas?” Pero el catequista se acordaba del Sembrador y sabía que Él no falla y si Él había dicho que la simiente era buena, algo brotaría de ella. Así que continuó regando cada día.
Tres años después, es decir, cinco, desde que plantó las semillas, tuvo un momento de desánimo. “¡Cómo es posible que con tanto esfuerzo no vea ningún resultado! ¡Aquí estoy, regando cada día y no brota nada! ¡Estoy perdiendo el tiempo!”
Entonces en su corazón oyó el eco de las palabras del Sembrador: “tú eres un buen cristiano…, te conozco…, estas semillas son especiales…, si eres constante…, si no te desanimas…” Entonces, por la fe que tenía en ese Sembrador tan bueno y sabio, el catequista siguió regando aquella tierra que ningún fruto le daba.
Durante siete años en total regó la tierra este catequista sin ver resultado alguno. Tuvo momentos de cansancio, de desánimo, quiso abandonar, protestó, se quejó, sintió lástima de sí mismo… Pero la mayoría del tiempo, trabajó con alegría, ilusión y amor, fiándose de las palabras del Sembrador, convencido de que algo estaba sucediendo aunque él no lo veía. La simiente era buena, eso ni dudarlo; la tierra también; él, regaba cada día, ¿entonces? Algo crecería allí, sin duda alguna.
Así, pocos días después del séptimo aniversario de haber plantado la simiente, el catequista vio con asombro e ilusión un pequeño tallo verde que sobresalía de la tierra. Su corazón se llenó de alegría, ¡no podía creerlo! ¡Por fin había brotado algo! Regó con más ilusión y entrega y pronto vio aparecer otro tallo. Cada día que iba a regar, aquellas plantas crecían y crecían. ¡Estaba entusiasmado! ¡Tanto crecieron que en seis meses llegaron a medir 30 metros de altura!
El catequista no salía de su asombro y no hacía más que dar gracias al Sembrador.
Un buen día el Sembrador regresó y le dijo: “Has hecho muy bien tu trabajo, has sido constante y tu fe te ha sostenido. Verás, esta planta es muy alta y necesita tener una raíz muy sólida para mantenerse erguida. Por eso tarda siete años en desarrollarse y hasta que la raíz no es firme y fuerte, la planta no puede crecer. Por eso digo: «dichosos los que trabajan sin ver resultados, los que tienen paciencia y son constantes, porque ellos Me permiten dar el crecimiento cuando la raíz es sólida.»”
Esta historia está basada en hechos reales: en la naturaleza existe una planta que necesita siete años para desarrollar su raíz y luego en seis meses puede crecer hasta 30 metros de altura, se trata del bambú japonés.