martes, 5 de abril de 2011

DIJO QUE ESTABA DESAMPARADO

“Elí, Elí, lama sabaktani? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34)

Mi dulcísimo Jesús, ¿por qué llamarías a Dios si tuvieras certeza de Su abandono? Tu lamento suena en mis oídos como un lamento de amor, del alma que ha perdido a su dulce Bien y queda a la deriva.

A veces, mi Jesús, Tú permites que me sienta así entonces, como Tú en la Cruz, en esos momentos lloro con más fuerza mi pérdida y ¿a Quién invoco, a Quién acudo con mi pobre corazón oprimido? A Ti, mi dulcísimo Amor. ¿Y cómo puedo acudir a Ti para lamentarme por Tu abandono? Porque yo sé, en lo más profundo de mi ser, que Tú jamás me abandonas, que estás siempre junto a mí, aunque las angustias, tristezas y oscuridades del momento me impidan verte.

Mi amado Señor, no quiero alimentar Tu oscuridad, quiero ser Tu almita amiga, esa alma que por Tu amabilísima gracia, nunca quiere apartarse de Ti, esa almita que se siente tan honrada de recibir las confidencias de Tu amoroso Corazón: está oscuro, duele, Me odian, desprecian Mi Amor… ¡Una pobre almita, consuelo de su Dios! Sí, mi Jesús, Contigo y junto a María, al pie de la Cruz, quiero que arda mi pobre amor como una lucecita que alivie en algo esta densa oscuridad.

Mi dulcísimo Amor, no quiero apartarme de Ti ni un instante, sobre todo ahora que Tú, el Rey del Universo, el Dueño y Señor de todo lo Creado, Te presentas al mundo pobre y desvalido, hundido en medio de Tu dolor y de Tu soledad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario