
En el mismo instante en que cometemos un pecado que nos aparta de nuestro Señor, nuestro querido Padre-Dios, sale al camino por el que nos alejamos de Su Corazón ardiente de amor por nosotros y, allí, en pie, mirándonos con una ternura imposible de describir, aguarda con el Corazón anhelante a que emprendamos el camino de regreso. Entonces, al iniciarse en nosotros el más leve arrepentimiento, Su Corazón se estremece de alegría y Su mirada no se aparta de nosotros ni un instante; así, en cuanto nos acercamos lo suficiente, corre hacia nosotros, tal es Su santa impaciencia, y, casi sin darnos tiempo a pedir perdón, nos abraza con ternura infinita, llorando de alegría porque volvimos a Él. ¿Por qué se emociona nuestro querido Padre-Dios? Porque nos tiene de vuelta en Casa y nos acuna entre Sus brazos y Su Corazón desborda de amor por nosotros. ¿Y nosotros? Sólo tenemos que dejarnos amar por Él. ¿Y nuestro pecado? ¡¿Quién se acuerda de él?! ¡Dios no, desde luego!

No hay comentarios:
Publicar un comentario