Algunas veces decimos “esto no tiene perdón de Dios”, pero nos equivocamos, porque Dios todo lo perdona, Él goza perdonando y, como dice la Escritura, “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.” (Lc 15,7)
Cuando pecamos, nuestro Señor “se entristece”, no tanto por la ofensa infinita que supone el pecado, sino por el daño que el pecado nos hace a nosotros mismos. Nos cierra al Amor de Dios y corta nuestra comunicación con Él. Dios sabe cuánta infelicidad se esconde en el pecado y Él, que nos ama tiernamente, estaría dispuesto a volver a morir por cada uno de nosotros, con tal de vernos retornar a Su Amor.
Cada vez que acudimos al Sacramento de la Confesión, nos acogemos al abrazo misericordioso de Dios. Siempre salimos absueltos. Pero como todo aquello que tiene relación con nuestro Señor, cada uno recibe según sus disposiciones. Si estamos pobremente abiertos al Amor, pobremente recibiremos; si estamos cerrados, el Amor no podrá penetrar en nosotros; pero si estamos abiertos de par en par, Su Amor nos inundará, nos llenará.
Por eso dice el Señor “quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.” Lc 7, 47. La cantidad de pecados que estamos dispuestos a confesar, a menudo son directamente proporcionales a nuestro amor; es decir, aquel que ama mucho, podrá ver con más claridad todo lo que estorba al Amor de Dios en su alma y sentirá un vivo deseo de acogerse a la Misericordia Divina y a la gracia sacramental, con la ilusión de hacer todo lo posible por ir eliminando esos obstáculos. Sin embargo, aquel que ama menos, es posible que ni siquiera se considere pecador, sino una buena persona que no roba, ni mata.
Existe una gran diferencia entre aspirar a ser buena persona y determinarse a ser santos. En nuestras manos no está alcanzar la santidad, sólo podemos disponernos para que nuestro Señor nos dé el incremento y nos eleve hacia Él, cuando Él lo decida. Pero es importante recordar, que Dios siempre nos colmará según el recipiente que le presentemos: podemos aspirar a ser dedal, piscina olímpica o inmenso océano. El grifo del Amor de Dios siempre está abierto con el mismo caudal, el recipiente, lo ponemos cada uno de nosotros.

No hay comentarios:
Publicar un comentario