
Un grupo de mujeres piadosas al borde del camino llora al verte pasar. Te ven deshecho. En sus corazones aún resuena Tu predicación, en sus ojos permanecen tus milagros, en sus oídos queda el eco de Tu entrada triunfal en Jerusalén, en su interior, la perfección de Tu Vida. No pueden remediarlo: lloran, gimen por Ti, incrédulas sollozan desconsoladamente. Y Tú, en medio de Tu sufrimiento, te paras, percibes el dolor ajeno y consuelas.
Maestro, comprendo Tu enseñanza. A pesar de mis sufrimientos, debo aprender a no pensar tanto en mí, tengo que posar mi mirada en el prójimo, detectar sus necesidades y darme a ellos. Yo tengo que aprender a derramar Tu amor sobre ellos, a consolar, a enjugar sus lágrimas aunque las mías apenas me dejen ver sus rostros.
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