
"Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahvé Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahvé Dios por entre los árboles del jardín. Yahvé Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?»” (Gn 3, 8-9)
Esta pregunta «¿Dónde estás?», resuena en mis oídos de mil modos diferentes y me recuerda tantas veces como dejé solo a mi Señor. Oigo Su lamento que me llama porque en la oscuridad de Su noche está sólo y me busca, pues necesita consuelo. Oigo Su voz que me llama con amor, con un leve temblor en la voz, con la impaciencia del Amado que no puede aguardar ni un instante más para encontrarse con Su amada. Oigo Su voz débil y agitada en medio de los terrores de Su agonía de Getsemaní, “estoy solo” parece decirme, necesita el calor de un corazón amante que Le conforte en esas horas tenebrosas. Oigo Su voz que susurra con lengua reseca, desde la Cruz, buscando un alma que acompañe a Su Madre, un alma que le mire con amor y que con corazón valiente, en estas horas de derrota, pueda decir “aquí estoy, Señor”. Oigo Su voz gozosa que me llama lleno de alegría, pues quiere compartir conmigo la intensa felicidad que brota de Su Resurrección. Oigo Su voz que me llama con el deseo de no perderme nunca más, con el afán de tenerme siempre a Su lado, con Él, para que Él y yo seamos uno, para que nuestro amor ya no se disperse y mi transformación sea completa.

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