
Señor, Tú y yo, aquí, los dos solos, en el silencio de la tarde-noche. ¡Cómo me gustan estos ratos de intimidad! Casi a oscuras. El Cristo que preside el altar, iluminado. Tú en el sagrario y yo en un banco. Te contemplo y me contemplas. Nos miramos en un coloquio de amor en el que nuestros corazones se encuentran y el silencio riega nuestra íntima conversación. Te miro y mi corazón se estremece porque sé que estás aquí, conmigo, los dos en la misma habitación. ¡Te "tengo" para mí sola!
Mi dulce Señor, quiero aprender a amarte más ¿me enseñas? Mira que yo no sé, Te necesito. Mira que yo sólo sé amar con este corazón roto que tengo, con este corazón ingrato que se olvida a cada instante de lo mucho que Tú le amas, con este corazón egoísta que tantas veces piensa en sí olvidándose de Ti.
Mi Jesús, deseo convertirme del todo a Ti, deseo no desear nada ni a nadie más que a Ti, deseo que ocupes todo mi ser de modo que toda mi existencia se gaste en una sola vocación: amarte, amarte y amarte sin descanso, noche y día, sin cesar, sin interrupción...

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